miércoles, 12 de mayo de 2010

Recuerdo a Paulino González Jiménez

Tras un tiempo sin actualizaciones en nuestro blog, no podíamos reiniciarlo sin hacer un recordatorio in mémorian al autor que se nos fue justo antes de comenzar la pasada Feria de Sevilla, Paulino González Jiménez.
Paulino Gónzález no sólo engrandeció nuestro género con letras monumentales, sino que fue uno de los grandes poetas contemporáneos de finales del siglo XX y principios del actual. Un grande de la literatura, al que desde aquí queremos recordar y agradecer su gran aportación al mundo de las sevillanas.
Descanse en Paz.
Queremos ofrecerles dos textos publicados en estas fechas que recuerdan al poeta de La Puebla de los Infantes, escritos de Manuel Jiménez Márquez y Antonio Burgos, ambos aparecidos en el diario ABC de Sevilla:
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UN POETA DE LA PUEBLA DE LOS INFANTES
Si se calla el poeta se callan los campos, tiembla el amor, se empaña la belleza, se adormece la vida...
En La Puebla ha muerto un poeta sencillo pero grandioso. Lo enterramos el pasado domingo bajo una lluvia fuerte acompañada de luces y truenos.
Solo unos pocos familiares y algunos amigos, bajo los paraguas. Se rezó un padrenuestro. Silencio.
El palaustre en golpes secos cortaba el ladrillo adecuándolo a cada hueco del tapiado.
De vez en cuando, algunos miembros de la Asociación Cultural "Soñando caminos", leía uno de sus sonetos dedicados al pueblo y a la Virgen de las Huertas. Sonaban aquí y allá, lentos, sentidos... En muchos de los presentes resbalaban, silenciosas y cálidas, algunas lágrimas... Silencio.
La lluvia arreciaba. Nadie se movía. Sonaba otro soneto.
Los golpes cesaron y en la oscuridad, de la tumba, quedó el cuerpo del poeta amigo solo, desposeído de alma y de poesía. Adiós Paulino... amigo...
Amainó la lluvia. Los montes comenzaron a brillar con unos indecisos rayos de sol que se filtraban entre las nubes amenazantes... Cantó un mirlo en un ciprés.
A partir de hoy, y durante toda esta semana, el espíritu de Paulino González sonará en sus sevillanas en todo el Real de la Feria, en revoleras de color de alegría y de vida. "Si me enamoro algún día me desenamoraré, para tener la alegría de enamorarme otra vez", dice el estribillo de una de las cerca del centenar de letras de sevillanas que tiene escritas y publicadas en "Voz del Pueblo" (Antología de Sevillanas).
Posee muchas sevillanas de oro y varios premios. Aunque, para mí, las más valiosas joyas de Paulino son los sonetos. Sonetos íntimos, sonetos líricos, sonetos entrañables y bellísimos. "Pretérito Imperfecto", "Tren de Lejanías". Recreación histórica: "Fuente de Vanduro", "Callejero Virtual", "Estampas de la Fuente de Vanduro"... Como buen creyente y buena persona, que Dios lo haya acogido en su Gloria.
Descansa en su Paz, amigo.
Manuel Jiménez Márquez
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AMAPOLAS PARA MARTIN Y PAULINO
En esta civilización urbana donde estamos no instalados, sino repachingados, muchos se creen que el campo es lo que se recalifica para levantar bloques de pisos, casitas adosadas o polígonos industriales. Otros creen que el campo es una cosa donde hay catetos y PER, y haciendas que están lejísimos y donde dan los convites de las bodas. Otros están convencidos de que el campo es lo que está a los lados de la autopista o tras la ventanilla del Ave. Acodado allí, en la ventanilla del tren, viniendo de Madrid, al contemplar las amapolas pensé lo lejos que nos cae el campo, lo olvidado que lo tenemos, lo que nos perdemos de belleza en sus colores, en sus sonidos, en sus silencios, en sus chicharras de la siesta, en sus pájaros del arborear, en sus soles del atardecer, en el frescor del agua en sus regajos, en su olor a tierra mojada tras la lluvia, olor a Creación recién salida del horno, que parece que Dios ha dado de mano tras rematar la faena de esta belleza.
En estas tardes de novena del Rocío de Triana, el campo se le mete a Sevilla por los cielos, en forma de cohetes anunciadores al otro lado del río. Se escuchan en la novillada y El Arenal suena a pueblo. A campo. En esta tarde de mayo con coheterío trianero me acuerdo del campo que vi hace unos días, esplendoroso, con la jara florecida en los barrancos, con los lirios peregrinos recorriendo caminos y trochas.
Y con las amapolas.
Como somos de ciudad y no de campo, unimos la idea de la primavera a los naranjos en flor, al azahar con tambores y cornetas, pero nunca a las amapolas chorreando su belleza, el rojo de su traje de torear primaveras entre los trigales o la avena bravía. Venía acodado en la ventanilla del tren, mirando, oh Dios, la belleza de las amapolas, su roja marea de hermosura entre el verdor, y pensé los escasos poemas que les han dedicado. Si acaso, una vieja canción, mas a una mujer con ese nombre, «Amapola, lindísima Amapola», que escribió José María Lacalle, compositor gaditano que emigró a Cuba y Estados Unidos, y que fue gente en Hollywood y en Broadway. Pensé en los versos de Rafael de León a los que le puso música Manuel Pareja-Obregón: «La historia de una amapola/que escapó de entre los trigos...» Miro las amapolas entre los trigos y se me escapan a la memoria de dos poetas populares que se fueron, de dos letristas de sevillanas que no verán, ay, el esplendor de esta primavera de coplas y cohetes. Y tomo una amapola y se la dedico a la memoria de Martín Vega Sanz, el de La Puebla del Río, con quien, como era maestro, Los Romeros aprendieron las primeras letras: «Arrecoge la vela del bote/que el viento ya se fue,/y tú no dejes de bogar/que el puerto ya se ve./En el puerto está/ la noche, el día y el amor:/recuerdos del ayer/que el aire se llevó.»
Y tomo otra amapola, y con ella me vienen los versos de otro letrista de otra Puebla, de otro poeta que, ay, tampoco verá florecer esta primavera: de Paulino González, el de La Puebla de los Infantes. Una amapola es ahora su verso inmortal de los dos amores: «María es mi sinvivir,/por ella muero,/Dolores muere por mí,/yo no la quiero./Son la noche y el día/mis dos amores, mis dos amores,/el amor de María/y el de Dolores.» Y tomo otra amapola de la memoria y me suena el desamor de Paulino: «El amor es un viento/que igual viene que va/si se muere y al momento/vuelve a resucitar./Si me enamoro algún día/me desenamoraré, me desenamoraré/para tener la alegría/de enamorarme otra vez». Y la amapola que Dios creó vuelve a El cuando suena en la voz de Paulino González: «Que Dios es una verdad/y en Dios tengo que creer/porque lo he visto pasar/cuando pasa el Gran Poder». Los versos populares son las amapolas de nuestra poesía. Vayan por vuestra memoria, Martín y Paulino, estas bellas amapolas vuestras del hermosísimo campo andaluz de la poesía.
Antonio Burgos
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